La vida, ese gran carnaval
Febrero, el mes más efímero, a pesar de que este año tenga un día extra, se va tan pronto como llegó. Con los últimos coletazos del carnaval. Mi relación con él es una especie de amor- odio, será quizá porque a mi madre tampoco le gustaba, aunque sí que le encantaba disfrazarse. Y no digamos cocinar dulce en esos días, todos los postres típicos de la época acaban haciendo acto de presencia en mi casa. Los frixuelos, el perico y hasta las orejas de carnaval. Si ella supiera que se iba a marchar un martes de febrero, un martes de carnaval. Estos últimos quince días no han sido precisamente alegres para mí porque desde hace cinco años estas fechas van ligadas a su partida. Pero así es la vida, una tragicomedia, un carnaval en el que todos en mayor o menor medida nos ponemos nuestras máscaras. Siempre me quedarán los recuerdos de tantas risas vividas cuando se disfrazada y acababan descubriendo que era ella. Ningún disfraz podía hacer que no la reconociesen porq...